Hace 35 años, en octubre de 1984, Argentina celebraba un hecho histórico: un compatriota obtenía un Premio Nobel. Ese reconocimiento recayó en César Milstein, quien fue laureado en Medicina por su descubrimiento de los anticuerpos monoclonales, un hallazgo clave para la biomedicina moderna. Pero detrás del brillo de ese galardón también hubo controversias, decisiones polémicas y oportunidades perdidas.
De Bahía Blanca al podio mundial
César Milstein nació en 1927 en Bahía Blanca, en el seno de una familia de inmigrantes: su padre era ruso y su madre maestra. Desde niño mostró curiosidad por el mundo natural: a los 10 años le regalaron el libro “Los cazadores de microbios”, que estimuló su vocación científica.
Estudió Química en la Universidad de Buenos Aires y obtuvo su doctorado. Durante sus años de formación fue influido por destacados científicos como Andrés Stoppani, a quien siempre reconoció como mentor.
Con el tiempo, viajó al Reino Unido para perfeccionarse en Cambridge bajo la tutela de figuras de renombre como Fred Sanger. Allí asumió un fuerte compromiso con la investigación y consolidó su carrera internacional.
El descubrimiento que cambió la medicina
El aporte central que le valió el Nobel fue el desarrollo de la técnica para generar anticuerpos monoclonales. Junto al alemán George Köhler, en 1975 publicaron en Science el método que permite producir anticuerpos específicos en laboratorio, capaces de reconocer células o moléculas particulares con alta precisión.
Este avance tiene múltiples aplicaciones prácticas: desde diagnóstico y detección (como tests rápidos o inmunoensayos) hasta tratamientos contra el cáncer y la producción de vacunas. En palabras del propio Milstein, esos anticuerpos actúan como “un imán que busca una aguja en un pajar”.
Ese descubrimiento le valió el Premio Nobel de Medicina en 1984, convirtiéndolo hasta hoy en el último argentino en recibir esa distinción en ciencias biomédicas.
El lado oscuro: el engaño de la patente
Sin embargo, el camino de Milstein no estuvo libre de asuntos polémicos. Uno de los episodios más tristes de su carrera fue la pérdida del potencial económico de su descubrimiento.
Aunque Milstein enviaba muestras de sus anticuerpos a colegas bajo condiciones explícitas —reconocer el origen del hallazgo, no patentarlo, no cederlo— un científico de origen polaco radicado en EE. UU., Hilary Koprowski, logró patentar esa técnica en los Estados Unidos. Esa patente generó enormes regalías a lo largo de los años.
El organismo británico responsable de patentes se negó inicialmente a tramitar la patente de Milstein, argumentando que su trabajo carecía de aplicación comercial inmediata. La petición fue desestimada bajo ese criterio.
La situación marcó una suerte de despojo ético: Milstein no cobró las ganancias que legítimamente podrían haber correspondido a su descubrimiento. Él mismo lo expresaría con dolor: “Estábamos muy verdes en el tema de patentes y alguien se aprovechó”.
Aun así, para él el reconocimiento fue otro: la inmortalidad científica, el impacto permanente de su obra en la medicina.
Hombre sencillo, convicciones firmes
Milstein no fue hombre de excentricidades. No tuvo hijos para no “distraerse de la ciencia”, según se cuenta. Se casó con Celia Prilleltensky —química como él— y juntos mantuvieron un pacto doméstico sencillo: él cocinaba, ella lavaba.
Además, cuando la situación política en Argentina se volvió opresiva, renunció al Instituto Malbrán como protesta por los despidos y presiones a colegas. No aceptaba trabajar en ambientes de coerción ni avalar injusticias.
Su estilo de trabajo se basaba en el diálogo, la curiosidad y la libertad intelectual. Una de sus frases más emblemáticas: “¿Por qué arruinar la diversión? Si hacemos el experimento tendremos la respuesta. Mucho más divertido es discutirlo antes”.
Legado y reflexión
César Milstein falleció el 24 de marzo de 2002 en Cambridge, Reino Unido. Pero su obra sigue viva. Sus descubrimientos continúan alimentando avances en biotecnología, oncología, inmunología y diagnósticos.
Más allá de su genio científico, su figura representa la virtud de una vida consagrada a la ciencia por pasión, sin poner el dinero como objetivo primario. Su historia invita a reflexionar sobre los sistemas de reconocimiento, las patentes y el valor moral del conocimiento científico.
Hoy, a 35 años de su premio Nobel, Argentina lo recuerda no solo como un científico de talla mundial, sino como una inspiración para las nuevas generaciones que sueñan con transformar el mundo desde el laboratorio.
Fuente: https://www.infobae.com/